domingo , 9 diciembre 2018
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El cura de los pobres : Andre Jarlan – Un recordado héroe de la lucha poblacional.

La disidencia (nos encanta esa palabra) no comenzó con Puga o con Berríos.  La iglesia católica, si bien ha estado ligada a lujos, pompas, oro, propiedades y otras tantas aberraciones inclúyase  la pedofilia, tiene algunos miembros activos críticos.

Hoy en día, las miradas rebeldes, críticas y ácidas desde dentro de los católicos tiende a venir de esos dos nombres, Mariano Puga y Felipe Berríos, ambos tremendos, con una visión clarita de la realidad y los temas contingentes, ambos unos “cracks” en jerga futbólistica.  Sin embargo antes de ellos, y en los albores de los movimientos sociales, en plena tiranía hubo otros nombres, otros curas, otras miradas.

Otras manos en los martillos construyendo capillas y reparando casas de pobladores, otras cucharas de palo revolviendo fondos en las ollas comunes, otras linternas alumbrando el paso de los luchadores en las sombrías noches ochenteras, otros bototos caminando en el barro.

Antes de Puga y berríos, hubo otros curas grandes, como fue el caso del párroco de La Victoria, André Jarlan.

 

André Jarlan fue un padre católico francés, ordenado sacerdote en 1968 en Rodez  siendo luego nombrado vicario de la parroquia de Aubin (también en Francia).

Trabajó en su natal país desempeñándose como asesor de la Juventud Obrera Cristiana y de la Acción Católica Obrera de la región.  Por efectos del destino en 1982, se le confina a estudiar español Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica, como si una especie de plan celestial lo hubiese preparado para desempeñarse en país de habla hispana, y así fue.

En 1983 hace su arribo a la población La Victoria, en el sector sur poniente de Santiago, donde desempeñó actividades junto a su compatriota y amigo, el también sacerdote Pierre Dubois.

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Existen muchos párrocos extranjeros que vienen a hacer misión a Chile, algunos se quedan y otros parten.  Andre al parecer tenía las intenciones de quedarse.   En Chile se vivían momentos de los no más gratos, y en las poblaciones, lugares de asentamiento populares se encontraba parte de la gente que más sufría.  La Bandera, La Pincoya y en este caso, La Victoria (entre muchas otras) sufrían del constante y continuo accionar represivo de las fuerzas del estado.

En las jornadas pacíficas, se cuenta que el padre Andre andaba con un martillo, serrucho o la herramienta que fuese en su mano, sea para realizar un trabajo de carpintería en la parroquia o bien ayudando a más de algún vecino en alguna reparación.  André nunca se negaba a la ayuda.

En las jornadas de represión era el propio padre André quien salía a interceder y en muchos casos a oponerse al actuar brutal de las policías, otras veces directamente se ponía en el medio entre represor y reprimido.

El siguiente extracto,  obtenido de LAS HISTORIAS QUE PODEMOS CONTAR, resume de la mejor manera lo acaecido aquel día de protesta:

Casi con su llegada a Chile comenzaron las protestas, iniciadas por los sindicatos obreros del cobre. Eran de suyo manifestaciones no violentas contra el régimen de dictadura, que quería perpetuarse todo lo posible. Diversas comunidades cristianas de base, como la de La Victoria acompañadas de sus sacerdotes y religiosas, solían participar con responsabilidad y entusiasmo en las manifestaciones. Por el carácter político de éstas, la jerarquía de la Iglesia Católica tenía ciertos reparos con respecto a esta participación, pero terminó por tolerarla.

Algunos obispos, como don Enrique Alvear, comprendieron que el compromiso político (no partidario ni violento) de la Iglesia con la liberación del país de la violencia y tortura era una exigencia del Evangelio.

André acompañaba a Pierre en estos combativos días de protesta. Ambos sacerdotes, con la autoridad que habían ganado, intentaban retener a la juventud poblacional dentro del marco de la no violencia. Al mismo tiempo, intentaban defenderlos de la violencia represiva, que siempre cobraba víctimas, heridos y hasta muertos. Pierre se interponía a veces delante de los vehículos policiales para impedirles entrar en la población. Jarlán mientras tanto, atendía a los heridos en la sede parroquial.

El 4 y 5 de septiembre de 1984 eran los días fijados para una gran protesta. La víspera, Pierre advirtió a Jarlán: “Mañana cualquier cosa puede pasar”.

El 4, temprano, avisaron a la Parroquia que habían baleado a Miguel, joven drogadicto amigo de Jarlán. El muchacho murió antes de llegar al hospital. Jarlán se había conquistado la confianza de los jóvenes y particularmente de los drogadictos. Por la tarde, Pierre volvía de la calle y buscó a André. Lo encontró en su pieza, sentado a la mesa con la cabeza descansando sobre su Biblia abierta. Pierre lo remeció por el hombro. “¡André!”. Estaba muerto. Una bala le había perforado el cuello y salido detrás de la oreja. En la pared de madera había dos agujeros de bala.

Se comprobó judicialmente que las balas habían sido disparadas por un carabinero desde la esquina. Era parte de una estrategia usada para atemorizar a la población. Fuera de los muertos en la calle, se cuentan unos diez muertos en las poblaciones, casi todos dueñas de casa y niños, como resultado de esta estrategia.

El Salmo que estaba leyendo André al recibir el impacto era “De Profundis”, “Desde el abismo, clamo a ti Señor / escucha mi clamor!”, que terminan con la promesa del Señor: “El Señor dejará libre a Israel / de todos sus males”.

Descubrimos en André Jarlán un alma profundamente religiosa que ante los momentos trágicos que vivían, busca en Dios la respuesta de los grandes interrogantes. Y un hombre valiente que se mantiene junto al pueblo, sabiendo que aquel día “cualquier cosa puede pasar”.

 

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